De zombies, sueños y el sentido de la vida (laboral). Parte I

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Falta un cuarto de hora para las nueve de la mañana. La puerta del despacho está abierta, la luz apagada. ¿Me olvidé de cerrarla anoche? Entro con cuidado. No, no me olvidé; sobre la mesa de enfrente, duerme mi compañero, cabeza sobre brazos sobre mesa. Se despierta, y me pide disculpas. No pasa nada, hombre. He llegado hace un rato, me comenta. No he dormido demasiado, se disculpa. Nada, hombre, ven, que te invito a un café.

Mi compañero se mueve como un zombi por el pasillo. Me recuerda a los zombies que veo cada mañana en el metro, bien temprano. Gente que aprovecha cualquier rincón y hueco de tiempo para echar una cabezadita. Yo también lo hago. Yo también soy un zombi. Reflexiono: a menos que trabajes en un vídeo musical para Michael Jackson, los zombies no pueden hacer un buen trabajo, deberíamos irnos a casa.

A la vuelta de la máquina del café, con el brebaje en la mano, nos cruzamos con el jefe, que llega puntual, incluso más que puntual, antes de tiempo, como siempre. Sonríe al ver que estamos allí antes de que comience el  horario. Somos obedientes, dóciles, nunca le causaremos problemas.

Si estás cansado, ¿por qué no has venido un poco más tarde hoy? Estás loco, me espeta, con el contrato que tengo más vale que no haga cosas como esa, o me acabarán echando. ¿Y qué vas a hacer hoy? Poca cosa, me confiesa, estoy demasiado cansado para hacer nada. ¿No crees que es absurdo que hagamos un horario de trabajo fijo? ¿No sería mejor que cada uno decidiera a qué hora venir, a qué hora irse, y que gestionara su propio tiempo para decidir cuándo y cómo trabaja? Vives en los mundos de Yupi, me recrimina. No, amigo mío, lamentablemente no vivo en los mundos de Yupi, vivo en los mundos de Orwell, donde nada se cuestiona, todo se obedece, y todos hacemos como si todo fuera lo más normal y siempre hubiera sido así. Quiero decir, ¿no sería mejor que hubieras descansado para hacer el trabajo, en vez de venir para poner el culo sobre una silla, la cabeza sobre una mesa, e intentar mantener los párpados abiertos hasta la hora de salida? ¿No podríamos tener una relación diferente con el trabajo, hacer otra cosa de nuestras vidas?

Esta conversación me recordaba a un pasaje del libro Anathem, de Neal Stephenson. En el mundo de Anathem, hay dos sociedades estancas: los seculares y los avotos. Los avotos se dedican a la vida

contemplativa aislados del resto del mundo, en los denominados concientos. Es una suerte de religión, excepto que no se basa encreencias sobrenaturales, sino en las matemáticas. Por circunstancias de la trama, algunos avotos tienen que abandonar su retiro en el conciento, y mezclarse con el resto de los mundanales seculares. El viaje está lleno de experiencias sorprendentes para los avotos, que no han conocido mundo más allá de sus concientos. En una ocasión, en el asiento del acompañante conducido por una secular muy peculiar llamada Yul, el avoto protagonista de la novela observa a la gente en un atasco (traducción libre del original en inglés): pueblosdenavarra.es

“Miraba con fascinación a esa gente en sus coches, e intentaba imaginarme cómo sería si yo fuera uno de ellos. Hace miles de años, las tareas que hacía la gente se habían dividido en trabajos, puestos, profesiones, que eran el mismo todos los días de la vida, en organizaciones donde la gente eran partes intercambiables. Cualquier tipo de sentido de la vida, de historia, nos había sido arrebatado. Así es como tenía que ser. Es la manera de conseguir una economía productiva. Aunque es fácil adivinar que hay una intención detrás de todo esto, no necesariamente una mala intención, sino una egoísta. La gente que había ideado este sistema recelaba de que cada persona tuviera una historia que contar. Si sus empleados llegaban a casa al final del día con una historia interesante que contar, eso significaba que algo había ido mal: un apagón, una huelga o una fiesta. Si la gente tenía su propia historia, su propia opinión, su visión del mundo, no serían dóciles y obedientes, no producirían. El Poder no podía dejar que todo el mundo tuviera estas historias para contar, a no ser que fueran historias fabricadas para cubrir ese vacío y motivarles. La gente que no podía vivir sin contar su propia historia se había visto arrastrada a formar parte de los concientos, o a realizar trabajos como el de Yul. Todo el resto del mundo tenía que buscar en cualquier otro sitio que no fuera su trabajo para sentirse parte de una historia. Supongo que es por esto que a los seculares les gusta tanto el deporte y la religión. ¿Hay algún otro modo de formar parte de una historia? Algo que tuviera un comienzo, una trama y un desenlace. Los avotos lo teníamos fácil, porque nuestro propósito en la vida era aprender constantemente cosas nuevas. Podías forjar tu propia historia. Yul conseguía todo esto en el mundo exterior, gratis, viviendo sus propias historias día tras día, con el único inconveniente de que el resto del mundo no valoraba sus historias. Quizás por eso Yul sentía la constante necesidad de contárselas a todo el mundo.”

Obviamente es una velada crítica a la organización social actual. Tampoco tiene demasiado mérito, cualquiera se da cuenta de ello, todos lo sabemos. ¿O no?

¿Cómo se aconseja a los niños y a los jóvenes que elijan a qué van a dedicar sus vidas? ¿Qué titulaciones universitarias tienen más demanda? ¿Por qué? ¿Cuáles son los trabajos más valorados? De nuevo, ¿por qué? ¿Cómo afrontamos los que ya estamos inmersos en el mundo laboral nuestra relación con el trabajo? ¿Y cómo se relaciona el trabajo con el resto de nuestras vidas?

[Continuará...]

De zombies, sueños y el sentido de la vida (laboral). Parte I

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